2.7.12

ERMITAÑOS o paguros
Uno de los últimos domingos de mayo* fuimos a probar suerte al río Gómez, curso de agua que marca el lindero oeste de la capital, cuyo corto cauce se halla bajo muy marcada influencia de las mareas. Las lloviznas tempranas nos hicieron buscar refugio bajo el puente de la carretera Panamericana, que marca el límite de un tramo de acceso prohibido en dirección a la desembocadura de ese río, pues colinda con las instalaciones de una antigua academia de marina, hoy escuela Latinoamericana de Ciencias Médicas. Pescábamos en balsa, de modo que mientras llovía podíamos entretenernos en pasear flotando entre los pilotes del puente, cuidando de no traspasar el límite, marcado por una fina cortina de gotas que chorreaba del borde del puente. La marea había bajado hasta un nivel desesperado, así que la mirada buscaba con empeño cualquier detalle en el que entretener el tiempo. Mientras mi amigo insistía en la pesca a fondo con carnada, sacando pequeños roncos y un raro jorobado con la línea fina, recorríamos los bloques de hormigón de los cimientos del puente, levantando acá una almeja, allí una esponja impregnada de sedimentos, hasta que vimos el caracol. Dentro de la concha había un crustáceo, y el socio dijo “Ah, un macao”, sin desprender la vista del agua donde se perdía su sedal. “Un ermitaño”, ripostó uno, solo para marcar un margen de duda, pues el macao le hemos visto toda una vida viviendo terrestre, incluso muy distante del mar, al que llega en apretadas filas en cierta época del año, vistiendo con mucha frecuencia conchas de caracol fluvial, para darse a la reproducción. Macao terrestre sube a las plantas o asciende el acantilado vertical en demanda de su secreta residencia en el monte seco, pero nunca vimos paseando bajo el agua el macao; ni comiendo bajo el agua, sino en el límite de detritus que la ola acomoda en una extensa línea sobre las playas, formada de hojas de thalassias arrancadas por el oleaje, algún pez muerto y otros productos que solo él entiende como comestibles. Pensando en cubano, es decir, en la aplicación tropical, de este país, de la divina lengua de Castilla, ermitaño es primero que toda otra cosa, un individuo humano nada sociable. Y si a uno le dicen paguro en una calle habanera, pues ríase, que a la gente se le ocurre cada cosa. El ermitaño, en cambio, es un pagurido, un miembro de la superfamilia Paguridae, de la que –ríase otra vez- hay 15 miembros en la fauna cubana **. Todos ellos son crustáceos de diez patas y guardan su delicado abdomen (¡tan buena carnada!) en una concha. La lista complete de la familia Paguridae en Cuba: Agaricochirus cavimanus Agaricochirus echinatus Agaricochirus hispidus Anisopagurus pygmaeus Iridopagurus caribbensis Iridopagurus globulus Iridopagurus reticulatus Pagurus anulipes Pagurus brevidactilus Pagurus carolinensis Pagurus maclaughlinae Pagurus marshi Pagurus provenzanoi Pagurus stimpsoni Tomopagurus cubensis *del año 2012. **Revisada la “Lista actualizada de crustáceos decápodos de Cuba”. Revista de Investigaciones Marinas, No. 21, La Habana, 2000 (Tomado de internet en formato .pdf).