El dajao tal vez
existe
nuevamente a los amigos
pescadores de la localidad de la nueva provincia de Artemisa. A la sombra amable del portal de la vivienda interior,
separada de la calle por un discreto pasillo, tras los saludos se habló de
pesca, nada raro. “El dajao ya no existe debido al represamiento de los ríos”,
dice el experto Pelayo, uno de los tempranos promotores de la pesca a vara y
carrete fuera de la capital del país. Cree que a este pez habría que buscarlo
en algunos ríos no represados: “Tal vez en Pinar del Río”, dice el amigo. En
los años sesenta y hasta los setenta, el aficionado bautense pescó el dajao en
el río Baracoa, que corre por el territorio de su municipio de residencia,
hasta que el embalse del mismo nombre fuera construido en 1988.
Al dajao (Agonostomus
montícola) se le debería encontrar preferentemente en aguas límpidas y de
curso rápido, como arroyos montañosos. Es un pez fitófago (que se alimenta de
fitoplancton) de muy activos movimientos, que crece hasta unos 520 milímetros en
promedio. Incorpora a su dieta alimentos de procedencia animal, como larvas e
insectos, en mayor proporción que el Joturo, respecto a cuya especie se le debe
hallar asimismo en mayor número de localidades. Incursionan en las aguas
marinas en condiciones climáticas desfavorables. El dajao es un mugílido, es
decir, que se halla emparentado con las Lisas, a las que se asemeja por sus
colores y cuerpo tubular. De ahí que reciba en inglés los nombres de Mountain
mullet y Freshwater mullet, que significan lisa de montaña y lisa de agua
dulce.
Huevas grandes, que son lo principal que tienen como comida,
pues lo demás es de poca sustancia, destacaba el observador Padre Bartolomé de
las Casas en los días de la conquista hispana del archipiélago, allá por el
siglo XVI. Darío Guitart, entretanto, señala la calidad de su carne al comentar
la especie en la sección sobre “Peces cubanos”, que en los pasados setenta
publicaba en la revista Mar y Pesca.
Para
mucho disfrutar es la siguiente nota de Vilaró, acerca de las carnadas que
hacia finales del siglo XIX usaban en esta Isla para pescar el Dajao:“Se
pesca con cebo de Aguacate en aparejo de alambre que deja sólo visible la tentación.
Está enovado de Abril á Junio, generalmente: á las veces hasta Agosto, según
afirman los pescadores amigos más antiguos en todo el rio Calabazar.Precisamente
es esa, la época en que con más decisión y ahinco se le pesca, determinando así
la extinción de tan estimable especie, á poco que se prolongue tan destructor
procedimiento. (...) No se arguya que la fructificación del Aguacate coincide
con el desove, porque también se pesca con Palmiche granado, maduro, migajón de
pan, [Zayas], como el (J)oturo y otros de agua dulce (1893)”.
Como
el palmiche maduro que cae al agua es el que pica el pájaro posado en el
racimo, el pescador tiene que imitar al ave, levantando un pequeño segmento de
cáscara y clavando el anzuelo en el lado contrario.
Los dajaos más grandes llegan a pesar tres cuartos de libra,
señala la experiencia del aficionado. Es posible que en la misma charca se
encuentre la biajaca palmichera, pero el primero en comer será el dajao.
Haciendo esta pesca con una vara de spinning, Aniel asegura que en las mismas
circunstancias ha pescado amuras de hasta seis libras, que comen el palmiche a
media agua, y carpas comunes y espejo, con pesos de hasta 12 libras, que se
alimentan del grano que va al fondo del cauce. El único récord nacional
deportivo de Agonostomus montícola
fue registrado en 1983 y correspondió a un ejemplar de 0,9 libras (¿9 onzas?),
capturado por Luis Alberto Águila, de la provincia Ciudad de La Habana.
Llevando registros de sus capturas, pasó en una época del
centenar de amuras y del centenar de carpas tomadas de esta forma. Todo con
palmiche y anzuelo fino y fuerte, acorde a la talla y velocidad de estos peces.
Dajao, biajaca, amura, carpas... en un
río... al pie de una palma que gotea al agua los granos maduros del palmiche. Pasados
recuerdos de pescadores pacientes, como un viejo paisaje bucólico grabado por
un tal Muguet en el XIX.
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